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Ciclo de cine Invisibles

VENTA DE ENTRADAS EN TAQUILLA

8, 9, 11, 17, 18, 19 y 20 de mayo
La Filmoteca

LO INVISIBLE SE HACE VISIBLE EN LA FILMOTECA

Invisible es, en principio, una palabra incompatible con el cine. Porque su esencia es, precisamente, la visibilidad. El cine es el arte de la visión y la luz por antonomasia y su fundamento radica en que alguien mire aquello que la pantalla (de una sala, televisor, móvil u ordenador) hace visible, porque sin mirada no hay película. Las llamadas vistas Lumière hicieron visibles paisajes y gentes de todo el planeta: hombres y mujeres andando por las calles de Japón, de Egipto, de Francia o de India; rostros y cuerpos de personas reales, cercanas o lejanas. Pero esas imágenes se construían desde una mirada burguesa y desde un punto de vista concreto, el del hombre blanco europeo, que decidía qué mostrar y, por lo tanto, qué ocultar. La mirada que ha construido la historia del cine.

 

El grueso del cine que se ha consumido en Occidente (y en gran parte del mundo no occidental) durante décadas lo ha conformado la producción de Hollywood de forma abrumadora y, en mucha menor medida, el cine de algunos países europeos. Y a pesar de toda la potencia documental de la cámara cinematográfica, de su inmensa capacidad para captar la vida, muchas realidades no han tenido acceso a la pantalla.

 

Pero muchos cineastas han sacado a la luz lo ocultado, lo incómodo, lo que nadie quiere ver, muy especialmente desde el campo documental, pero también desde la ficción. De vez en cuando, en momentos y lugares concretos, se producía una ampliación del mundo visible registrado por la cámara. Obreros y trabajadoras pueblan las películas soviéticas durante los años 20. Flaherty lleva su cámara al hielo para contar la vida de Nanuk, el esquimal (1922). King Vidor llena la pantalla de rostros afroamericanos en Aleluya (1929); sin embargo, entre los años 20 y 50 del siglo XX directores negros como Oscar Micheaux o Spencer Williams realizan películas en Hollywood que hoy ni siquiera aparecen en los manuales de historia del cine.

 

Tras la Segunda Guerra Mundial, el Neorrealismo saca las cámaras a la calle para contar la vida de la clase trabajadora y de quienes estaban en los márgenes. A partir de los años 60 del siglo pasado el campo de visión se amplía notablemente, una ampliación no solo geográfica, también estética y de contenidos. A las películas japonesas que, con cuentagotas, iban llegando en la década anterior, y a la trilogía de Apu de Satyajit Ray ahora hay que sumar el cine latinoamericano, sobre todo México, Brasil, Cuba y Argentina. Y también nuevas historias antes no contadas de quienes no habían aparecido en la pantalla. Y hoy, aunque el mercado sigue copado por la producción hollywoodiense, tenemos muchas más posibilidades de acceso a las obras audiovisuales hechas en cualquier parte del mundo, y así podemos ver rostros, paisajes, conflictos y realidades diversas que antes eran invisibles a nuestros ojos.

 

En nuestro mundo capitalista saturado de imágenes que, muchas veces, sustituyen a la realidad, no tener imagen es una condena. La condena de la invisibilidad. Por eso es necesario poner luz, sacar de la oscuridad. El ciclo que propone la Filmoteca para el Festival 10 Sentidos cuenta algunas de las historias de personas y grupos en los márgenes, gentes sin derechos, discriminadas y olvidadas. Y dos de estas historias están protagonizadas y dirigidas por mujeres, porque durante toda la historia del cine las mujeres han sido hipervisibles como objetos de deseo construidos por la mirada masculina, pero han permanecido prácticamente invisibles como sujetos, como creadoras. Alanis, dirigida por la directora argentina Anahí Berneri, cuenta la historia cotidiana de una trabajadora sexual. Y lo hace en las antípodas de las visiones romantizadas que el imaginario masculino ha construido en torno a la figura de la prostituta, pero también lejos de la mirada redentora o moralizante que ha configurado ciertos modos del llamado cine social. Por su parte, la chilena Pepa San Martín cuenta en Rara la historia real de una jueza lesbiana que perdió la custodia de sus hijas a causa de su identidad sexual. Y lo hace desde la posición de la hija adolescente que tiene que aprender con dureza que la “normalidad” no existe y que su vida está marcada por el modo en que la ven el resto de personas de su entorno y las instituciones oficiales.

 

Otro adolescente protagoniza La madre, del valenciano Alberto Morais (que asistirá a la proyección del día 17), crónica de una infancia desasistida y marginal que, como Alanis, huye de moralismos y efectismos melodramáticos para exponer la situación de aquellos a quien la sociedad expulsa e invisibiliza. Y, por último, en César debe morir, los hermanos Taviani, veteranos cineastas italianos expertos en esta tarea de poner el foco sobre los invisibles, deciden entrar con sus cámaras y a sus ochenta años donde nadie quiere entrar, en la cárcel, para contar la vida real de los presos y filmar los ensayos y el montaje de la representación de Julio César de Shakespeare que llevan a cabo los reclusos. Cuatro películas que no solo visibilizan realidades ocultas y marginadas, sino que en su propuesta estética y narrativa también proponen modos de mirar diferentes, alejados de la complacencia y de los lugares comunes. Una reivindicación de la inmensa capacidad del cine para revelar el mundo en todas sus dimensiones y complejidad.

ÁUREA ORTIZ VILLETA

Departamento de programación

 

PROGRAMACIÓN

César debe morir (Cesare debe morire). Paolo y Vittorio Taviani. Italia, 2011. 76’. VOSE

8 de mayo, 20h.

9 de mayo, 18h.

 

Rara. Pepa San Martín. Chile, 2016. 93’

11 de mayo, 22:30h.

18 de mayo, 18h.

 

La madre. Alberto Morais. España. 2016. 89’

17 de mayo, 20:30h. Presentación a cargo del director Alberto Morais

19 de mayo, 18h.

 

Alanis. Anahí Berneri. Argentina, 2017. 82’

18 de mayo, 20:30h.

20 de mayo, 20h.

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