X

Uso de cookies
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.

Subscribe

Cum sociis natoque penatibus et magnis
[contact-form-7 404 "Not Found"]

Subscribe elementum semper nisi. Aenean vulputate eleifend tellus. Aenean leo ligula, porttitor eu, consequat vitae eleifend ac, enim. Aenean vulputate eleifend tellus.

[contact-form-7 404 "Not Found"]

La Edad Importa

13 mayo, de 11:00h a 20:00h
Plaza del Ayuntamiento

Román de la Calle.
Román de la Calle, Catedrático de Estética y Teoría del Arte de la Universitat de València, ensayista y crítico de arte genera, a partir de esta experiencia participativa,  un lugar de reflexión dotando al proceso de un marco poético y teórico.

Valencia, 13 de mayo 2017.

Entre las 10 y las 20 horas. Plaça de l’Ajuntament.

La edad importa. Presencias intergeneracionales.

En el marco del Festival 10 Sentidos, 2017, el día 13 de mayo, junto a otras actividades desarrolladas en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, se había instalado una gran pantalla de tela tupida, sujeta con tensores a un marco, de considerables dimensiones, puesto en pie, sobre unas bases laterales, mirando hacia el edificio del Ayuntamiento, justamente desde el extremo opuesto del conocido y emblemático espacio rectangular.

Los organizadores habían conseguido involucrarme / seducirme, para que participase en el proyecto, como espectador privilegiado e incluso, si venía al caso y sucedía, como animador del mismo, con el fin explícito de que, una vez finalizada la jornada, pudiese reflexionar sobre el evento y en torno a los posibles alcances, colectivamente participativos, del resultado.

La idea germinal apuntaba a que la gran pantalla llamara, de pronto, la atención de los visitantes. ¿Se trataba, acaso, de proyectar algún documental? Por lo común, una pantalla, de tal formato, preanuncia y sugiere, evidentemente, la existencia de viables proyecciones. Además, dos personas – identificadas en su presencia funcional, con el distintivo de la organización,– permanecían de pie, ante la rotunda superficie vertical en blanco. Una de ellas con una cámara fotográfica en ristre y las dos con rotuladores especiales en las manos, miraban al público curioso, con la sonriente amabilidad conjuntada de quienes esperan / solicitan / propician su enigmática participación.

El programa conjunto iba a durar unas diez horas, desde la mañana hasta el atardecer y la clave operativa consistía en el hecho testimonial, performativo y claramente intergeneracional de que los transeúntes se acercaran a la pantalla, en concreto, para medir sus respectivas estaturas, que serían reseñadas, con los trazos horizontales de rotulador negro, identificadores de sus correspondientes tallas, sobre la tela de la pantalla, por parte de las personas colaboradoras. Luego, junto al trazo indicativo de su altura física, cada sujeto-protagonista colocaría, con su puño y letra, su escueto nombre familiar y la edad correspondiente. Tres datos para un perfil individualizador, dentro de la marea oscilante de las presencias registradas,

Yo mismo, hacia media mañana, cuando llegué paseando, al lugar de la cita, en este primaveral sábado de mayo, lo primero que pude percibir en la esplanada era la cantidad de público que presenciaba, junto a una tarima circular, instalada en el lateral derecho de la plaza, un sorprendente espectáculo de danza, al que, de entrada, me sumé como obligado espectador.

Luego descubrí, por proximidad, una caseta, muy solicitada, donde maquillaban al público, siguiendo una rigurosa cola. Un amigo galerista, que, por lo visto me esperaba, acababa justamente de pasar por el sillón de maquillaje: parecía un anciano y me costó reconocerle. Tal era, sin duda, el juego: la edad importaba, como reiteraba el eslogan del Festival, y la simulación podía entrar, a petición propia, en la franja cronológica que se solicitase, quedando fijada, además, en la correspondiente fotografía, como recuerdo, y también en el resultado visual del rostro sobrevenido, como retrato coyuntural / efímero / portátil del visitante ocasional.

Justo, frente a la caseta de maquillaje, al otro lado del espacio de la plaza, estaba colocada la gran pantalla blanca, abierta a la performance, que iría paulatinamente recubriéndose de grafías oscuras, a lo largo de la jornada, según fueran prestándose a colaborar los ciudadanos. Me acerqué y descubrí, de inmediato, diversas amistades que, tras verme, me indicaron iban a sumarse a la participación en la estrategia colectiva, que ya se había indicado previamente en el programa.

Allí quedaron registrados –negro sobre blanco– nuestra estatura y demás datos personales, en la pantalla comunitaria, mientras nuestras imágenes, de aquel crucial momento, fueron almacenadas, en simultaneidad y diligencia, por diferentes cámaras, algunas de las cuales espero, por cierto, recibir / rescatar de facebook. De este modo, el proyecto –creciente en su temporalidad registrada, a lo largo de un restringido día– iba asimismo multiplicando sus ecos en la redes sociales, dando lugar a un totum comunicativo, que, ante todo, quería enfatizar su solicitado / deseado carácter explícitamente intergeneracional.

Efectivamente, en el par de horas que allí permanecí, fui testigo de cómo sobre todo los niños solicitaban a sus padres esa participación, junto a ellos. Marcar su estatura, dejar anotado su nombre y apuntar su edad era un rito que –bajo el ejercicio ordenador de las dos personas encargadas de facilitar el trámite– se iba produciendo con el esperado incremento del mediodía. Yo mismo me vi tentado a animar a quienes, curiosos, se acercaban para enterarse de las claves del acto. “¿Para qué?” Era la pregunta inmediata. “Para participar en la representación de esa presencia colectiva, convertida en metáfora de la convivencia intergeneracional”, repetí varias veces a los visitantes. Por supuesto que algunos mantenían su abstención, mientras no faltaban quienes se contagiaban de la fuerza mimética del hecho y se acercaban decididamente al lienzo, para ser tallados y finalizar el procedimiento de su  auto-registro. Tampoco faltaron quienes fotografiaban, antes de retirarse, su nombre en el conjunto semiótico resultante o quienes prefirieron llevarse la imagen de la totalidad del extraño “lienzo”, in fieri, congelando exactamente el instante del estado de crecimiento, en el que habían participado.

Entre la metáfora y la metonimia, el proceso fue siguiendo. Metáfora abierta a otros niveles de desarrollo personal, partiendo de las alturas físicas, de la diversidad de edades y de nombres. Metonimia que extrapola evidentemente la parte por el todo. Intergeneracionalmente convive, día a día, en nuestra ciudad, todo un plexo de individuos, de pluralidades culturales, de identidades dispares, de capacidades, sueños, disponibilidades e ideologías diversificadas. Pero con-vivimos, compartimos ciudad, como demuestra, escuetamente, aquella pantalla saturada y ennegrecida de escrituras y grafías, que regresé a ver en las postreras horas de la tarde.

He ahí una suma de huellas, nacidas, pues, de aquel sumatorio de momentos vividos, sugerentemente, ante la superficie de la tela, que pudo ser, por cierto, pintura o pantalla, pero que consolidó su existencia utilitaria en ser muro virtual, para el recuerdo escrito de centenares de transeúntes, que por allí pasaron, casual o decididamente y registraron sus presencias. Era y fue siempre el sostenido proceso lo que, de manera decisiva, se buscaba, como actividad incluida en el Festival. No se trataba de rescatar el posible resultado plástico del sumatorio azaroso de niveles de alturas o de intensidades escriturales obtenidas, ni siquiera nos interesaba el dato estadístico de las frecuencias de edades, en su diversidad de diacronías vividas, ni tampoco el juego plural de nombres identitarios allí recogidos.

Como en toda performance, era clave el hecho de estar allí participando, de vernos, conversar y fotografiarnos; de posar en compañía, de atrevernos a decir que sí o de rechazar la opción colaborativa; el momento de interesarnos por la actividad o el de estirar nuestro cuerpo para elevar el nivel de nuestra estatura.

Por la tarde, de hecho, me costó un tanto rastrear y descubrir mi nombre en el conjunto de aquel cuerpo plural de escrituras solapadas, en franjas diferentes, entre un horizonte elevado, aún en blanco, de la parte alta –donde nadie llegó a colocar la raya de se estatura– y una franja de tierra, también totalmente limpia, como base de partida disponible. Y allí, en medio de la escena, estratificada y superpuesta, se halla nuestra compartida historia, escrita de miradas, pulsos y momentos efímeros, entre siluetas intergeneracionales y convivencias comprensivas, democráticamente consistentes y poéticamente interpretadas, ahora, entre presencias metonímicas y ausencias metafóricas.

<a href="https://flic.kr/s/aHskZUENDr" target="_blank">Click to View</a>
X